Es curioso ver cómo afloran en la opinión pública las fechas, de aciaga memoria, que rememoran actos totalitarios de nuestra historia. Me recuerdan a una amiga que tras su divorcio, se acordaba cada año de la fecha de su boda, noviazgo, primera cita o primer viaje juntos. Era una forma de flagelarse y de anclarse en el pasado sin querer moverse de él. Así, una parte de la sociedad española parece entregada al recuerdo doloroso de lo peor de su siglo XX.
No critico que se conserve la memoria. La memoria del horror, siempre. Por respeto a la dignidad de quienes lo sufrieron pero sobre todo como enseñanza a las nuevas generaciones para que no vuelvan a permitir la tragedia. Pero una cosa es el recuerdo necesario y otra, la mención intencionada y recurrente de la superficie: la fecha.
Esa es la sensación que tengo cuando, ocurra lo que ocurra en este país, el 20 de noviembre o el 18 de julio se relacionan con prácticas fascistas, hasta cuando son convocadas unas elecciones por un líder de izquierdas.
Lo mismo sucede con el 23-F. Parece una boutade pero no creo que sea inocente hacer ver, por ejemplo, que la salida de la Judicatura de Garzón se materializará un día golpista, aunque lo que debiéramos recordar con ese guarismo es que fue entonces cuando la democracia venció a la tentación totalitaria. Es absolutamente irrelevante la fecha en la que Garzón quedará apartado de la carrera judicial. Lo relevante es que sea así y las razones, no la fecha, salvo que se quiera presentar el hecho como la larga mano de los golpistas.
En esa misma línea han convocado los del 15-M protestas contra el “golpe de Estado de los mercados”. Es, sin duda, necesario alertar a la sociedad de que estamos vendidos a unos tiranos que no han sido elegidos por nadie, ahora bien, esa insistencia en traer al presente el pasado antidemocrático no creo que salga gratis. Hay que evitar que vuelva. Incluso su fantasma.