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María José Pou

iPou 3.0

Acoso social

¿Está justificado el acoso a un político? En los últimos tiempos nos hemos acostumbrado a que un político, sea el que sea, pueda ser abucheado, insultado, zarandeado y calumniado por doquier. No me refiero solo a que Camps sufra acoso en la puerta de su casa; también pienso en los abucheos sistemáticos contra Zapatero en el desfile de las Fuerzas Armadas o en Teresa Fernández de la Vega cada vez que el presidente la mandaba a dar la cara por él en algún hecho desgraciado.

Hay una diferencia, se me dirá. Una cosa es el rechazo a una gestión y otra, a un corrupto. El problema se plantea cuando somos los ciudadanos, por encima de la Justicia, quienes dictaminamos quién es o no es corrupto. Es lo que sucede con Camps. Después de un veredicto exculpatorio siguen reuniéndose para llamarle “cabrón” a las puertas de su casa que es también la casa de sus hijos, por cierto. Parece que hemos decidido que nuestro juicio se acerca más a la justicia divina que la humana. No defiendo al corrupto. Al contrario, sobre él debe caer todo el peso de la ley. Sin excepciones.

Lo que digo es que sobre Camps todavía los jueces no han dicho que sea culpable. Así lo reclamaba también la familia Urdangarín que denuncia el acoso que sufre. En efecto, es un caso más de “acoso social”. En su caso todavía no hay ni veredicto, es más, todavía no ha sido escuchado en su defensa, por tanto la prudencia debía ser mayor. Sin embargo, algo me dice que el duque de Palma soportará también algún que otro insulto cuando pise la calle.

¿Es legítimo? Sin duda, los ciudadanos podemos expresar nuestra opinión y nuestro rechazo hacia quien consideramos, como el rey, poco ejemplar. Ahora bien, una cosa es un abucheo y otra, una continua campaña de comportamientos agresivos en el entorno de una persona. Eso es insoportable y responde al “acoso social”, especialmente reprobable cuando el afectado sigue siendo inocente.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.