En España, “el paseíllo” tiene varias acepciones. Las más comunes son, por una parte, la que corresponde a la expresión original del toreo, esto es, “hacer el paseíllo” y, por otra, la que se acuñó durante la Guerra Civil, “dar el paseíllo” a quienes iban a ser fusilados.
Por eso no sé cuál emplear con Iñaki Urdangarín, siempre en sentido metafórico. Si digo que el duque de Palma se ha librado del “paseíllo”, puede interpretarse como una forma de no saludar al tendido, como es de ley. Pero al mismo tiempo parece exento del “fusilamiento social” al que se puede ver sometido no solo hoy sino siempre a partir de ahora.
Hay una diferencia notable entre ambas expresiones. La primera, manque nos pese a los antitaurinos, tiene un sentido positivo. El torero saluda al respetable con sus mejores galas, con el pasodoble animándole y con la oportunidad de mostrarse grande y valeroso antes de enfrentarse a su enemigo. Supongo que es una práctica heredada de la antigua Roma con los gladiadores gritando aquello de “Ave César, los que van a morir te saludan” o quién sabe si ellos también lo aprendieron de sus ancestros etruscos, tartesos o de los atletas griegos.
La segunda, en cambio, está relacionada con una práctica mafiosa y reprobable, vinculada a cobardes torticeros que mataban a escondidas y de noche en la tapia del cementerio. Por muy honorable que fuera el curriculum del elegido, no era un paseo de grandeza sino vejatorio. Todo lo contrario del torero.
Por eso podría relacionarse a Urdangarín con ambas expresiones. Es el que va a enfrentarse al peor toro de su vida -quizás-, pero al mismo tiempo es el que ya no volverá a ser el mismo cuando disparen contra él. No digo que no lo merezca, que no lo sé. Solo afirmo que en España va a tener difícil recuperar la imagen pública.
Ni él, ni lo que es peor, la monarquía. Poco importa que no haya imagen del “paseíllo”. Se lo darán igual.