Siempre es necesario pero, en época de crisis, es irrenunciable. Me refiero al cine. Al que muestran las dos grandes triunfadoras de la última edición de los Oscar: “The Artist” y “Hugo”.
No es un cine que busque el impacto de la tecnología, aunque la pone a su servicio; ni el glamour de estrellas famosas, aunque las incorpora en su casting, o el atractivo de una localización, una música de radio fórmula o el doblaje de personajes del papel couché. Es un cine en el que predomina lo que admiramos del Séptimo Arte desde que nació: su capacidad para hacer soñar.
Y eso es, precisamente, lo que estamos necesitando. Cuando el déficit se dispara; cuando los recortes ahogan y no vemos la salida del túnel, se hace necesaria esa fábrica de sueños que muestran las dos cintas ganadoras.
No se trata de potenciar la capacidad narcótica de la ficción para anular la reacción ante la injusticia, el drama o el dolor ajeno. Al contrario, el cine no es ajeno a ello, como han reconocido los propios Oscar al premiar a la iraní “Nader y Simin, una separación”.
Es exigir el cine de “Cinema Paradiso”, esto es, que nos muestre puntos de referencia, deseos realizables, objetivos movilizadores. Esa es la ensoñación necesaria. No la que saca de la realidad para hacerla soportable en un uso estupefaciente de las salas.
Me refiero al cine como catalizador y motor de una sociedad asfixiada por el presente. Es la industria de la motivación que, bien canalizada, puede ayudarnos a fijar objetivos a largo plazo.
Por eso resultan tan interesantes los dos filmes premiados. Uno, “Hugo”, muestra el tesón por conseguir un proyecto vital que, tras mucho esfuerzo, se hace realidad. Responde al sueño americano de que cualquiera es capaz de lograr lo que se propone.
Otro, “The Artist”, habla de la necesaria adaptación al cambio. Justo como el que vivimos. Por eso invertir en cine es alimentar el futuro, no solo el presente.