Cada vez que llueve en Semana Santa y veo imágenes de los costaleros sevillanos llorando desconsoladamente, me conmuevo.
Llevan todo un año esperando sacar a su Cristo o a su Virgen; han ensayado por las callejuelas con su paso al hombro cada noche de los últimos meses por muy cansados que estuvieran del trabajo, mientras pedían a su Cachorro o a su Señora solo una cosa: que no lloviera y que no les doliera la rodilla. O una mijilla, al menos. Por una noche, nada más.
Y de pronto esa tarde se cierra el cielo y empiezan a caer gotas como lagrimones de una Macarena desgarrada. Y todo se vuelve noche. Y solo queda esperar un año para soñar de nuevo bajo el capirote.
No soy muy de fiestas populares ni creo que pudiera vincularme emocionalmente tanto con una de ellas como para sacrificarme durante un año entero para vivir unas pocas jornadas.
Sin embargo, o quizás por eso, me merece todo el respeto y admiración quien renuncia a su tiempo libre, a otras aficiones, a parte de su sueldo y a muchos caprichos para conseguir que esa fiesta sea cada año más brillante y más imponente. Para ofrecer nuestra mejor cara a un turismo que no es como el ladrillo sino que deja dinero de verdad, del que nos da de comer y paga nuestras facturas. Al menos, las de muchos por estas tierras.
Esos sacrificados merecen disfrutar de las Fallas. Ellos también llevan a sus hijos a colegios de barracones y han tenido que hacer milagros para que la niña se vista de fallera. Una niña que, quizás, no puede pagarse un traje y ha aceptado que se lo deje una prima. Porque se muere de ilusión por ir a la Ofrenda y por ir de pasacalle pisando con más orgullo que las modelos de Victoria’s Secret.
Sus padres también se quejan de que hayan eliminado las extraescolares del colegio, por eso quieren disfrutar la primavera valenciana original. Tiempo hay para ambas: la reivindicativa y la festiva. No las volvamos incompatibles.