>

Blogs

María José Pou

iPou 3.0

Valenciano, no corrupto

Valencia existía antes de Germana de Foix y, aunque malherida, continuó tras ella. Vivía antes de Felipe V y, aunque maltrecha, volvió a levantar cabeza. Llegó entera a ser capital de la República, sobrevivió a la sangría de una guerra entre hermanos y resistió a una postguerra feroz. Valencia se ha visto en trances peores y ha sabido salir de ellos. Sobre todo, porque no la han sacado sus dirigentes. Ha salido por sus propios medios.

Sin embargo, cada tiempo y cada lucha han dejado su huella. La pérdida del valenciano como lengua de prestigio; la tiranía; la amputación de una parte de sí misma con la expulsión de judíos y moriscos o la eliminación de los fueros propios. Ha habido épocas de dolor, crisis, represiones, abusos y poblaciones asfixiadas por unos dirigentes que se aprovecharon de la buena fe, del carácter no belicoso de sus gentes o de la lealtad al poder por convicción o por miedo.

Por eso no deberíamos mantener como cierta esa relación falaz entre la crítica a los errores políticos y el ataque a un pueblo, lo diga el Conde-Duque de Olivares o el ministro García-Margallo. No es a los valencianos a quienes se nos insulta hablando de corruptelas. Es a los corruptos. No es a los valencianos a quienes se nos descalifica por obras faraónicas; es a quienes las encargaron y pagaron.

Ahora bien, sus corruptelas e iniciativas megalómanas las hicieron y financiaron en nuestro nombre, por nuestro bien (sic) y a nuestro cargo. Y ahí, sí, tenemos un mea culpa que entonar. Y un error histórico que enmendar.

Los “agermanats” no podían sino dejarse la vida, como lo hicieron. Ellos luchaban contra fusiles de asalto y tenían las de perder, pero los valencianos de hoy, no. Hoy contamos con la libertad de escoger y juzgar la gestión de nuestros mandatarios. Podemos decir en alto que da igual si nacieron a orillas del Turia o del Rhin. Lo vergonzante no es ser valenciano sino corrupto.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.