Hace ya tiempo que empezamos a sustituir eso del “periodismo de investigación” por “periodismo de filtración”. No porque no haya del primero, sino porque algunos de los casos presentados como serias indagaciones no eran más que dossieres pasados a hurtadillas por una fuente interesada.
Gracias a esas filtraciones y a esos intereses nunca aclarados, hemos sabido cómo funcionan los resortes del poder.
Sin embargo, hay algo en todo ello que me inquieta y es la presencia de gargantas profundas que aparentemente no obtienen rédito. A ellas aplicaría yo la máxima tantas veces leída en novelas de misterio que propone averiguar a quién beneficia el crimen para llegar hasta su autor. No estoy calificando la filtración de crimen porque criminal es robar al erario público, sino que estoy planteando si no pudieran esas fuentes estar al servicio de alguien oculto.
En este caso, el utilizado bien podría ser el “despedido”, común a varios casos que hemos conocido en estos años.
Entiendo que una persona a la que una empresa deja sin trabajo no busca necesariamente obtener nada para sí al perjudicarla sino que quizás se conforma solo con hacer daño a quien se lo hizo antes. En cualquier caso, sin negar la verdad de lo dicho, habría que ver con qué fin se intenta desacreditar por despecho o si éste es utilizado contra un enemigo político, que es mi tesis.
En Valencia hemos visto cómo, en el caso Gürtel, el famoso sastre-que-no-era-sastre implicó al PP en trajes no pagados cuando le despidieron de Forever Young. En los últimos días, otro despedido, en este caso de la empresa pública andaluza Invercaria, ha revelado datos de corruptelas a través de unas conversaciones grabadas para defenderse en un juzgado de lo Social.
La cuestión es que, para hundir al contrario, no hay nada como tomar un café con un despedido de la competencia. Su colaboración puede ser más útil que cualquier otra estrategia.