A veces en la política valenciana me da la sensación de estar dentro del País de las Maravillas que rodara Tim Burton, con su “Sombrerero” Blasco; su “Alicia” Oltra y sobre todo, su “reina de corazones”, Barberá.
No lo digo solo porque tienda a vestir de rojo como la malvada del otro lado del espejo sino por su determinación al pedir “¡que le corten la cabeza!”. Si la hubiera conocido Tim Burton hubiera hecho un insuperable spin-off con la reina como protagonista de su propia serie en esta Valencia de las Maravillas. La hubiera vestido de armiño y cancán, le hubiera puesto una corona y hubiera conseguido la reina madre de corazones.
Ayer, por un momento, me pareció verla señalar a la top model de la semántica parlamentaria, Mónica Oltra, con lo que parecía su cetro que luego resultó ser un móvil: ¡llamaré a mi abogado!, dicen que dijo. Un poco más y el letrado contesta “¡estoy escuchando cadena 100!” y se lleva premio.
La escena merecía la inmortalidad cinematográfica. ¡Que le corten la cabeza!, debe de ser lo que más de uno piensa cada vez que Oltra abre la boca. Más que Alicia, parece la réplica lila de la reina de corazones. ¿Por qué siempre viste para decir algo? En su caso habrá que parafrasear a McLuhan y decir que “el armario es el mensaje”. No es que me parezca mal sino que me distrae con su estilismo jeroglífico.
Pero volviendo al escenario perfecto de Lewis Carroll, en la sesión de Les Corts de ayer solo faltó que Cotino vistiera chaleco y sacara del bolsillo un reloj para alertar de que llegaba tarde. Mientras, las dos reinas, la lila y la roja, andaban reprochándose mutuamente. La primera acusaba a la otra de ser la arrendadora de Alí Babá, y la reina de corazones, de mentir por presentarla como contratista de las traductoras. Una escena que, de haber tenido banda sonora tétrica, hubiera dado hasta miedo. Y callo por si alguien grita que me corten la cabeza.