Primero fue el presidente de Mercadona poniendo de ejemplo los bazares chinos y ahora, el de Ford, con el modelo japonés de más trabajo, menos vacaciones y menos sueldo. La verdadera reforma laboral nos va a llegar de Oriente. Pero contra la cultura de Occidente, esto es, sin el sentido del honor nipón, ni su sacrificio y ni su entrega al proyecto colectivo por encima de los derechos individuales.
El problema de estas apreciaciones empresariales es la generalización. Yo entiendo que se nos reclame esfuerzo a los trabajadores y que se luche contra el absentismo, pero cada trabajador es un mundo y la exigencia debe atender a esa diversidad. Pedir más significa que ese plus se establezca desde la situación de partida.
Así, hay quien se esfuerza y quien ya se ha acomodado; quien procura innovar por automotivación y quien ya ha tirado la toalla ante las escasas posibilidades de promoción interna; quien está al límite por falta de medidas de conciliación y quien se escapa del trabajo para jugar al golf.
En definitiva, lo razonable es implantar en España, de una vez por todas, la evaluación por objetivos y no el ritmo de las galeras con una jornada laboral más extensa.
En España lo que falla es la productividad, no la presencia inútil en el puesto de trabajo. ¿De verdad son necesarias más horas? ¿Es necesario que un comercio abra los domingos, como muchos bazares chinos, o mejor que cuide su trato al cliente y la atención personalizada tras la compra?
Resulta difícil hacer ver a un trabajador que su esfuerzo, una vez alcanzada la plaza ya sea pública ya sea con la oposición diaria que es un puesto en el sector privado, tiene algún sentido. Y lo es, al menos, porque el funcionario ve cómo le anulan el esfuerzo de los últimos años, aunque sea de forma provisional, y el privado, cómo es irrelevante hacerlo con la potestad de la empresa para despedirle por mucho que se haya matado.