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María José Pou

iPou 3.0

Asturias, 1934 dC

Entre que estamos en Fallas y que hemos vivido recientemente tantos procesos electorales, reconozco que no estoy prestando demasiada atención a la campaña andaluza y asturiana.

No lo hago, además, por coherencia. A estas alturas, no me importa lo que digan uno u otro. Solo quiero ver hechos y lo que veo son, desde el gobierno, medidas durísimas que parecen justificadas pero que, de no estarlo, son una bomba de relojería. Y, desde la oposición, pataletas contra la acción del gobierno, posiblemente justificadas pero inoportunas si la política de Rajoy es la adecuada.

Por eso hago menos caso a los mítines que a los anuncios de bifidus activo o de eyaculación precoz.

Sin embargo, ayer oí la voz de Alfonso Guerra y desperté de mi letargo. Creo que Whisky y yo levantamos la oreja a la vez. Él para entender por qué paraba justo cuando le estaba poniendo el pienso del desayuno y yo, para saber si había subido a una máquina del tiempo y me había trasladado a muchos años atrás.

Es lo que tiene la presencia de viejas glorias, que sobre todo son viejas. Y Dios los tenga en su gloria.

A mí, Guerra siempre me cayó simpático porque era ocurrente, rápido, inteligente y muy mordaz. Yo de mayor quería ser Guerra cuando era el látigo del PSOE. Sin embargo, ya no. Será porque lo encuentro anclado en unos tics del pasado que suenan al siglo XX, no al XXI.

Eso me sucedió cuando le oí arengar a los participantes de un mitin en tierras de Cascos apelando a la revolución de Asturias. Como sigan así los veo rememorando el sitio de Sagunto para animar a los desencantados de Alarte. Si no lo hacen será porque Aníbal Barca no suena a facha pero no porque no llame a luchar contra el opresor.

No digo yo que las referencias históricas no sean interesantes pero me pregunto si es razonable y útil relacionar dos épocas tan distintas. Si su modelo es de hace un siglo, el PSOE necesita un “aggiornamento” urgente.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.