Hace unos días, en una tertulia, una representante estudiantil me espetó que el concepto “ni-ni” tenía su origen en una conspiración de la derecha para criminalizar a los jóvenes. Desconozco si hay tal conspiración pero de lo que no tengo duda es de que existen tipos así, que ni estudian ni trabajan ni tienen ganas de hacer cosa alguna de provecho. Son ellos los que se autocriminalizan, por tanto.
No obstante, entiendo la protesta por la generalización. ¿De cuántos estamos hablando? ¿Es así la juventud española? Me niego a creerlo. Primero, porque trato con ellos a diario en mis clases y no es eso lo que me encuentro. Segundo, porque si así fuera el nivel de conflictividad social sería mucho más alto.
¿Qué sucede, pues, para tener la impresión de que los jóvenes son como no son?
Aunque nos pese, tienen mucho que ver los medios de comunicación. ¿Qué significa “joven” en términos mediáticos? “Frikis” de record Guinnes, si proceden de “Gran Hermano”; especímenes por domesticar, si se trata de “Hermano Mayor” o modernos encantados de haberse conocido, si nos referimos al anuncio “viral” de una famosa marca de bolsos.
Si miramos las noticias nos encontramos con el chaval angustiado porque teniendo formación no encuentra empleo, vive precariamente o tiene que salir de España. En una palabra, o es problemático por su actitud o lo es por su situación. Esas dos opciones limitan mucho las posibilidades de encontrarnos la riqueza real que significa ser joven hoy en nuestro país.
El problema es lo que esperamos que represente un joven. Así es como eligen los publicitarios o los periodistas cuando quieren contar una historia para vender un producto, en el primer caso, o una historia real para mostrar cómo está el mundo, en el segundo.
Para los compradores de los famosos bolsos, su ideal es el que muestra el anuncio; para los demás, no tienen futuro. Eso es lo que ve nuestra mala conciencia.