Con suerte, consigo imaginar lo que es un millón de euros y, si me apuran, dos. Todo lo que sobrepase esa cifra me marea y confunde.
Por eso hacerme una idea de lo que tienen que haber robado algunos de las arcas públicas me produce tal shock que siento calambres en las piernas, vahídos y dolor en las articulaciones.
Cuando leo que la Fiscalía pedía al principal implicado en los ERE de Andalucía casi mil millones de euros de fianza –aunque luego se haya quedado en seiscientos y pico- me pregunto no sólo cuánto se han llevado y se han repartido sino también cuánta cantidad necesita alguien para sentirse rico.
Ya sé que para algunos todo es poco pero eso es lo que me llama la atención. Será porque una servidora, del dinero, solo se ocupa cuando le preocupa, es decir, cuando no hay, porque más allá de eso solo lo estimo para vivir.
Tal vez esa es la razón por la que me cuesta mucho entender la avaricia. Ese pecado y la envidia no entran en mis meninges. Los demás, sí. No digo que peque, que también, sino que al menos puedo entender el pecado. Sin embargo, estos dos no sé qué placer especial proporcionan.
Si, además, para cumplir los deseos hay que perjudicar a otros e incumplir la ley aún me cuesta más. Sobre todo cuando hablamos de una magnitud extraordinaria. Es como el lujo enfermizo de Juan Antonio Roca, del caso Malaya.
Puedo entender que uno, vista la ocasión y la impunidad, se lleve un pellizco. Es reprobable, pero lo entiendo. Ahora bien, solo una adicción puede llevar a acumular millones y millones. Será que una es austera hasta para robar.
Me pregunto, si la fianza es de 686 millones, ¿cuánto ha salido del erario público? Si eso es un caso nada más de Andalucía ¿a cuánto se elevará el montante de todo lo trincado en las diferentes autonomías? Y lo peor: ¿cuándo volveremos a ver ese dinero? Mejor no me respondan. La verdad nos hace libres pero la ignorancia, felices.