Cualquier profesor ha escuchado alguna vez eso de “¡pero si los profesores tenéis tres meses de vacaciones!”, aunque no sea cierto. A mí me lo han dicho mil veces, con la consiguiente coletilla “¡aún te quejarás!”. Y no, no me quejo. No lo hago respecto a las vacaciones envidiables de un profesor, esto es, quince días en Navidad y otros quince, en Pascua. Del resto, mejor puntualizar. Sobre todo a tenor de las modificaciones propuestas por el Consell.
Lo de los tres meses es un mito que nunca existió. Es cierto que, cuando una servidora llevaba coletas y uniforme, el verano empezaba el 20 de junio y acababa el 15 de septiembre. Unos tres meses, efectivamente. Pero de vacaciones escolares para alumnos, no para los profesores.
Ahora, ni siquiera eso y desde luego no para el docente. El trabajo del profesor, a diferencia de otros, se prolonga en el presunto tiempo de descanso, vacaciones, fines de semana y fiestas de guardar. Quizás se puede llegar a la oficina sin haber revisado un papel en todo el fin de semana pero no a una clase. No, al menos, si se pretende dar una buena clase.
El profesor tiene que estudiar, preparar ejercicios y exámenes, corregirlos, organizar materiales, elaborar informes de evaluación, revisar los libros que van a manejar los alumnos, poner en común con otros profesores, coordinar actividades. En una palabra, una hora de clase son muchas de trabajo para preparar y para revisar.
Algunas de esas horas se contemplan en su jornada pero muy pocas. Eso incluye el mes de julio, aparentemente ocioso, pero no. Y no porque es el único en el que tanto el profesor como el centro tienen tiempo para analizar qué ha ido bien o mal durante el curso y para encarar el siguiente. A veces, de hecho, puede ser más estresante que otros meses. Al menos, quienes tenemos alergia a la burocracia lo vivimos así. Y eso, la verdad es que está muy lejos de ser unas vacaciones.