En Fallas, solo se debería madrugar para la despertà o para desayunar bunyols de carabassa.
Sin embargo los hay que tienen que trabajar –y en ese momento recuerdan a la mamá del que imitaba a Lady Gaga en la carpa-karaoke de la noche anterior- o quienes, como yo, se ven obligados por imperativo canino. O salgo antes de las 8 o mi perro opta por el fortasec natural.
Esa es la razón por la que empiezo a ‘disfrutar de las Fallas’ (sic) desde muy temprano. Demasiado.
Y no lo digo por sueño, que una es de poco dormir. Lo digo porque Valencia a esas horas da asco. Como suena. AS-CO.
A las siete, Valencia es un panorama desolador de basuras, orines y borrachos. Y no es que me importe lo que cada uno haga con su hígado pero sí lo que se haga con mis impuestos.
Lo pensaba ayer mientras veía a una cuadrilla de limpieza intentando retirar toda la porquería que llenaba un parque. Son trabajadores que ya no me encontraba a diario. Será porque a diario ya no pasan. Eso me hizo calcular el gasto extra que supone la dejadez y el incivismo que nos visita o que sacamos nosotros a pasear con motivo de las fiestas josefinas.
Durante los últimos meses hemos visto cómo las basuras aguantan heroicamente en barrica hasta que son retiradas y hemos añorado el baldeo de las calles antaño más húmedas que las de Compostela. Sin embargo, esta semana, las cuadrillas se han multiplicado para que Valencia no dé a los visitantes la imagen tan fea que tiene en la madrugada fallera.
¿Cuánto nos cuesta la parte guarra de las Fallas? ¿De verdad merece la pena? Se me dirá que sí por el turismo, pero eso me lleva a sospechar que pagamos por la limpieza de una semana lo que podríamos dedicar a la de un mes. De todo ello, además, la mayoría de vecinos no obtiene ningún beneficio. En definitiva que si los beneficiados son falleros, hosteleros y taxistas quizás estamos aceptando, sin saberlo, el “copago fallero”.