Podría decir que me conmovieron. O que pensé en mi padre, postrado en una silla de ruedas durante los últimos años de su vida. Podría decir que me tocaron la fibra sensible y por eso escribo sobre ellos. Pero no. No fue el corazón lo que me movió a dedicarles una columna. Fue la cabeza. Y en frío.
Ya había leído algo en prensa sobre el “Proyecto Lazarus” pero no había visto aún el vídeo con el que se presentan. Y ahí es donde encontré las claves que explican por qué aplaudo su enfoque. No me mueve la piedad sino la justicia.
“Proyecto Lazarus” es una iniciativa que pretende potenciar la investigación para curar las lesiones medulares. Y el argumento que me convenció fue mucho más potente que el leit motiv del vídeo.
En él, un grupo de lesionados pide al espectador que viva, que ría, que corra, que escale montañas… porque quizás un día ya no pueda hacerlo. Un accidente laboral, un error médico o un golpe con el coche. Cualquiera de nosotros podemos pasar de la plena actividad e independencia a la silla de ruedas en unos segundos.
Pero ese “te puede pasar a ti” no me asusta ni me hizo reaccionar. Lo hizo el momento de saber que investigar en la técnica que ellos defienden no es rentable. Curarles no es rentable. Lo es más una vida entera de tratamientos, rehabilitaciones y medicación.
Eso es lo que me decidió, porque pocas cosas me parecen más obscenas en el capitalismo salvaje que la enfermedad como vía de enriquecimiento para algunos. Ocurre a menudo con las llamadas “enfermedades raras”. No son raras, son minoritarias y eso, en términos de investigación y comercialización de medicamentos, es estar condenado al ostracismo. Es lo que pretenden evitar en “Proyecto Lazarus”.
Dejarlos en la silla de ruedas porque lo contrario no genera beneficios es inmoral. La salud y la felicidad son los beneficios más tangibles que podemos conseguir. Lograrlos es hacer rentable la vida.