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María José Pou

iPou 3.0

El bibliotecario y el té

Algunos vecinos del llamado “bibliotecario de Al Qaeda” dicen que no lo conocían. Otros, en cambio, que tanto la mujer como la hija eran encantadoras. E incluso los hay que calificaron a todos los miembros de la familia de “normales”. Es un alivio. Solo faltaba que además de presunto terrorista tuviera dos cuernos, colmillos a lo Crepúsculo y una capa de la invisibilidad como Harry Potter. Si así hubiera sido, no hubiera podido realizar su trabajo de propaganda. Pero no por ser terrorista, sino “rarito”. Y eso, como sabemos, es lo peor que te puede considerar un vecino.

Lo que más me llamó la atención fue otra cosa que indica una visión estereotipada de nuestros compatriotas “diferentes”. Decía alguno que “no tenían costumbres árabes”. Y yo me pregunto cuáles son esas costumbres tan peligrosas.

Que yo sepa, la hospitalidad es muy propia del mundo árabe hasta el punto de que no es extraño ser invitado a tomar un té en una tienda de alfombras en Turquía. Todo por el Business.

Sin embargo, si los vecinos del presunto terrorista hubieran tomado té en su casa nunca hubieran considerado ese gesto como demostración de su condición de asesino peligroso ni de su pertenencia a Al Qaeda. Simplemente hubieran pensado que su nuevo vecino era un tipo amable y con ganas de llevarse bien con los demás. Quizás hasta hubieran confundido ese detalle con la costumbre estadounidense de presentarse al vecindario y éste al nuevo habitante del barrio con una tarta de manzana, unas magdalenas o unas pastas.

La cuestión es que ese té hubiera respondido a una costumbre árabe, pero no es eso a lo que se refería el testigo. Seguramente se sorprendía con que el extremista viviera como un occidental. Pero, si hubiera llevado barba y hubiera rezado en la acera hacia La Meca ¿hubiera sido considerado un potencial yihadista? No sé qué es más peligroso, pues, si el terrorista o el que los ve por todas partes.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.