Mientras usted está leyendo esto, yo estoy trabajando. Y no es que esté de acuerdo con la situación. No lo estoy. Pero tampoco con la huelga como balón de oxígeno a unos sindicatos momificados.
Reniego de quienes nos han traído hasta aquí porque si de algo estoy segura es de que yo no he sido. Ni siquiera pedí una hipoteca para un piso, un chalet y un cochazo cuando no podía. Me sorprendía cada vez que un conocido mío lo hacía y llegaba a pensar a diario que una servidora era idiota.
No he especulado ni he aprovechado la ola para enriquecerme; no he vivido por encima de mis posibilidades y lo único que he hecho es trabajar y ahorrar, de modo que puedo decir bien alto: ¿hay algún sinvergüenza en la sala?
A eso se une algo peor: tengo entre mis allegados a personas que han hecho lo mismo que yo y, sin embargo, han sufrido la tiranía de “los mercados” o de jefes cabrones sin reforma laboral que los bendijera.
En este punto no confío en los políticos ni en los sindicalistas de ningún signo. No son ellos quienes me defienden ni dan la cara por mí o por los míos. No se lo he visto hacer cuando han tenido ocasión de modo que ¿por qué debo confiar en que lo hagan en el futuro?
Espero más de Cáritas que de la política social de los gobiernos o de la lucha obrera sean del color que sean. Al final, tengo la convicción de que ha de ser cada uno de nosotros el que se saque las castañas del fuego. Aquí o en Laponia.
Por eso estoy trabajando. Porque el salario de hoy depende de mí y si quien me lo paga decide aleatoria e injustificadamente, un día de estos, que ya no lo perciba buscaré otra vía para ganarlo. Por mucho que a algunos se les llene la boca con los derechos de los trabajadores o con el bienestar de los ciudadanos, llegado el momento no se sacrifican por mí. Pues yo no lo hago tampoco por ellos.
Hace falta refundar la lucha del trabajo. Sobre todo, con más trabajo y menos política.