Una ya está hecha a que le suban la luz, el gas, los impuestos, la gasolina y hasta el precio de las chuches.
He llegado a interiorizar, no sin dificultades, que me hagan pagar los servicios de las “traductoras rumanas” aunque no tenga previsto ni visitar Bucarest en los próximos años ni cambiarme de sexo.
Sin embargo la rueda de molino que no puedo tragar sin rebelarme hasta la extenuación es la amnistía para las rentas irregulares. Lo siento. Hasta ahí no llego.
Entiendo que el gobierno necesita sacar dinero de debajo de las piedras sin tener que pintarlo en papelitos de colores pero resulta tan insultante y tan injusto que en lugar de castigar se premie a quienes defraudan, solo para que lo traigan aquí, que me niego a aplaudirlo.
Mientras al hijo fiel, que está con el padre y no ha dilapidado su fortuna, antes bien, la ha cuidado, se ha sacrificado y ha hecho crecer la hacienda familiar, no se le concede ni un respiro sino al contrario, al hijo pródigo, con tal de que vuelva, se le promete incluso mejor trato que al fiel. Porque en tiempos de Jesús de Nazaret no existían los 15M que, si no, le hacen una sentada a ese padre blandengue.
Yo entiendo la magnanimidad del padre con el hijo y aún así es injusto hacia el que se comporta bien, pero no lo acepto en un gobierno que, con ello, solo anima a defraudar porque es más rentable que pagar religiosamente, nunca mejor dicho.
Si al menos el que cumple tuviera ventajas fiscales como en las multas por pronto pago o en los recibos del IBI por domiciliación, pero, no. El que tiene sentido de la responsabilidad sufre más que el sinvergüenza.
No es una novedad, sin duda, al menos a tenor de lo visto en estos años. Quien roba puede pasarse una temporada en la cárcel, financiado por todos nosotros por cierto, para luego salir, sin haber devuelto un euro y pasar el resto de su vida en las Seychelles. Nunca compensó tanto ser el hijo pródigo.