Estoy casi convencida. No es que tenga experiencia, que no tengo ninguna, pero creo que voy a lanzarme. Me refiero al cultivo de plantas medicinales.
No digo que me vaya a convertir en curandera de la noche a la mañana, sobre todo, porque no sé dónde venden taparrabos de mi talla ni sapos y culebras a granel.
Hablo simplemente de montar un pequeño huerto doméstico con las plantas que han curado pequeñas afecciones toda la vida. O sea, ésas por las que una mujer en el siglo XIII era tenida por bruja.
En el fondo, me encanta ir de bruja, sobre todo, porque estoy convencida que, contra el criterio popular, las brujas no solo no eran feas sino que debían de ser muy guapas. De ahí el embrujo para ellos y la tirria de ellas.
A lo que iba. Ya que las palomas asientan sus reales en mi terraza (y cuando digo reales, no estoy diciendo que salgan a cazar elefantes), voy a intentar dejarles cada vez menos sitio llenándolo de macetas con hierba de San Pedro, estragón, caléndula o boca de dragón.
Ya pueden decirme que el negocio está en invertir en esto o aquello. Al paso que vamos, el futuro está en el pasado, es decir, volver a los remedios de la abuela por los que solo pagaremos unos pocos euros. Y, como en el Monopoly, sin pasar por la casilla de salida ni pagar 20.000 pesetas, o sea, sin pasar por las multinacionales farmacéuticas ni el copago que ha impuesto el gobierno.
No estoy sugiriendo que una enfermedad grave se cure con eso. Líbreme Mato. (Qué apellido tan incómodo para la frase graciosa: o parezco amenazante o me confunden con Belén Esteban). Solo lo propongo para ahorrar unos eurillos por las pastillas para el dolor de cabeza, las molestias menstruales o esa tosecita mañanera.
Veremos cómo va. Ahora mi única preocupación es que Whisky no se las coma y lo tenga “empastillado”, natural pero colocado, cantando “hare krishna” y tocando chinchines con las patas en cada paseo.