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María José Pou

iPou 3.0

Perdonar a Anasagasti

La ceguera que produce el radicalismo ideológico o religioso lleva a algunos a presentarse ante el mundo como seres totalmente incultos. Quizás no lo sean pero es tal la imposición de una manera de pensar torticera y excluyente que no dejan sitio para la mera razón.

Es lo más benevolente que puedo decir cuando leo que Anasagasti rechaza el perdón por ser una norma del nacionalcatolicismo.

Lo que me pide el cuerpo es decir simplemente que es un cretino. Y dejarlo ahí. Sin embargo, prefiero concederle el beneficio de la duda: o se hace el cretino por intereses electorales o prefiere pasar por uno de ellos con tal de ganar un titular.

En su desafortunada afirmación hay dos planos: uno es el del perdón, su sentido y su origen; otro es el del perdón en el proceso de reinserción de un asesino.

Yo doy por hecho que su frase se sitúa en el segundo. Solo así puedo dejar de considerarlo un inculto. De lo contrario, estaríamos ante alguien que ignora de dónde toma el catolicismo la noción de perdón.

Dice el libro del Eclesiástico: “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas” y que yo sepa su autor no llevaba el yugo y las flechas en su uniforme. Entre otras cosas, porque vivió miles de años antes. Lo mismo sucede con las referencias al perdón incluidas en el Corán que comienza encomendándose a Dios, clemente y misericordioso. Es decir, dispuesto siempre a perdonar.

Podría seguir con el budismo y no digamos con el contexto protestante o con autores no religiosos pero creo que a estas alturas todos somos conscientes de que disculparse con el dañado es una actitud humana, no solo un mandato católico.

Otra cosa es que esa obligación se le “imponga” a un “disidente” por parte de un régimen totalitario. Eso es lo que parece decir Anasagasti. Tampoco es franquista. Al menos, no creo que lo fueran los terroristas del IRA que pidieron perdón a sus víctimas.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.