Hasta ahora las únicas que se llevaban media casa cuando iban a ingresar en una clínica eran las parturientas. Ellas preparan la canastilla para tener todo lo necesario en los primeros días del bebé y de la reciente mamá.
Sin embargo, con los recortes, estamos a punto del hatillo hospitalario con kit de supervivencia. Eso incluirá, por lo que dice el globo sonda, un saco de dormir o juego de sábanas para el sibarita y comidas liofilizadas con las que sobrevivir a falta de táper de macarrones o bocata de calamares del bar más cercano.
Ya me veo dándole la razón a mi madre que, desde que empecé a viajar sola, me preguntaba al verme hacer la maleta: ¿has cogido una toalla? Es una pregunta que siempre me ha enervado. ¿De dónde viene esa manía? ¿De una postguerra de estraperlo y penurias? ¿De asociar “gran viaje de juventud” a “Congreso Eucarístico en Barcelona”? ¿O de pulcritud personalísima que exige su propio juego de toallas?
La cuestión es nunca he entendido por qué se empeñaba en las toallas cuando una servidora se iba de hotel a gastos pagados. Pues ni aún así. “Mamá, que voy a un hotel; no necesito llevar toalla”. “Bueno, tú llévatela por si acaso”. ¿Por si acaso qué?, me preguntaba yo siempre.
Si soy sincera, lo que más me preocupa no es eso sino la comida. No por mí, que me hago a todo, sino por si me toca compartir habitación con un aficionado a la tortilla de ajos tiernos.
Ya sé que la propuesta que se maneja no habla de autoservicio sino de pago del servicio prestado en los hospitales, que no es lo mismo, pero entiendo que nadie puede ser obligado a pagar por las sábanas si prefiere llevárselas de casa.
Ahora bien ¿y el menú? ¿Tendrá que pagar el enfermo esa malta aguada que dan antes de dormir si prefiere un cubata autofinanciado? Esto más que abrir la caja de Pandora puede abrir la puerta al botellón hospitalario y al puesto de perritos calientes en la sala de espera.