Estoy tan harta de que el Gobierno me haya fastidiado la alegría inherente a los viernes con su corte y confección, que he decidido ocuparme de asuntos triviales durante las ruedas de prensa.
Ya hace tiempo que tengo fijación con las blusas de Soraya, la portavoz, pero el último cambio me hizo albergar esperanzas.
El viernes pasado la pata de gallo dejó atrás la opción monocromática, no sé si como homenaje a la Feria de Abril o por ponerle un farolillo a tantos viernes tristes de Hill Street. Blusa acompañada de rebequita de punto y no americana tradicional.
¿Y por qué me conmueve tanto? Porque, viernes tras viernes, llegaba a la conclusión de que la portavoz no atinaba con su look. Y no me refiero solo a esa melenaza que un día lleva perfecta y ocho, como recién levantada. O sea, fatal.
Son las blusas. Me pueden. Las lisas de cuello redondo. Será que a mí las americanas me gu
stan con blusas camiseras. Si una va de caballero, mejor que lleve todo el uniforme pero eso de combinar chaqueta y blusita brillante para llevar a cuerpo me subleva.
Al principio pensé que estaba amortizando los conjuntos premamá pero viendo que continuaba tras el periodo postparto reglamentario llegué a la conclusión de que era afición.
Y además, para colmo, las repetía de un consejo a otro. Eso es austeridad, me dije. Esa es la clave que distingue a un gobierno de otro. De la Vega jamás hubiera caído en esa restricción presupuestaria personalísima. ¿Repetir ella? ¡Nunca! Eran tiempos de Vogue y comentario jugoso de lunes sobre el modelito de la vice.
Ahora en cambio, la crisis nos lleva a la tristeza de un blusa repetida con chaqueta oscura y apagada. A juego con los anuncios de medidas extrem.
Al menos podrían retransmitir las sesiones del Consejo de Estado en lugar de las ruedas de prensa del Consejo de Ministros. Aunque sea sin voz. De fondo. Solo para animarnos viendo el glamour de la ex vice.