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María José Pou

iPou 3.0

El choni chándal

Si me encuentro a alguien haciendo footing por el río con “el choni chándal”, no respondo de lo que haga Whisky. Él, que ya tiene problemas para no correr tras los que corren, ya sean personas, bicis o patines, creo que entraría en shock si, además, lo hicieran vestidos de muleta torera. No sé si los perros embisten como los toros, a un trapo rojo, pero no me detendré a averiguarlo. Si veo un “choni chándal” huiré de allí y evitaremos daños mayores.

Afortunadamente, los que corren por el antiguo cauce suelen tener más gusto al elegir indumentaria. De hecho, no recuerdo haberme topado jamás con un diseño como el elegido para la equipación olímpica. Algunos lo han bautizado como “choni chándal” por razones obvias: no tiene el mínimo gusto.

A lo feo del diseño, que parece escogido para vestir al “hombre-bala” y a la “azafata más hortera de Fitur”, se une la natural discreción de los colores de España: rojo y amarillo. Si fuéramos como los estadounidenses, con el rojo, blanco y azul, podría lograrse más equilibrio cromático pero ser suaves con la rojigualda es mucho más complicado. Es verdad que en su caso se une la mano de Ralph Lauren pero tiene un “aroma” a los Estados Unidos. No quiero pensar que también nosotros lo tenemos solo porque iremos vestidos para torear.

Es verdad que el rojo puede ganar protagonismo. No en vano se nos conoce en el ámbito futbolístico como “la roja” y puede explotarse en el terreno deportivo en general. Es un color-fuerza similar al azul italiano cuya selección también es llamada la “azzurra”, por el color.

Pero el problema no es tanto el color como el diseño. Por poner un ejemplo, los campeones de vela italianos tradicionalmente van de Prada o “la azzurra” acudirá a la Eurocopa con un trabajo de Dolce&Gabbana. Y nosotros, mientras, de mercadillo.

Lo peor no será Londres 2012, sino el efecto contagio en los sábados de Carrefour de este verano-otoño.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.