Yo soy muy de piedras. A mí me dejan sola en unas ruinas ya sean romanas, griegas o tartesias, si las hubiera, y soy feliz. Me encanta fotografiarlas, imaginarlas en todo su esplendor y conocer sus entresijos. Ahora bien, a mí las ruinas me gustan de visita pero no para vivir en ellas.
Por eso cuando escuché a Rajoy advertir de que alguna Comunidad Autónoma, y no miro a nadie, había logrado colocar deuda a un interés altísimo, el corazón empezó a latirme más deprisa y aún no me había tomado el segundo café. Descafeinado.
No nos nombró, de acuerdo pero habló de un 8% y aunque no entiendo por qué se le fue un punto cual parturienta inquieta, algo me hizo decir “oui? ç’est moi”. Lo peor, sin embargo, no fue ese porcentaje acusica sino su conclusión. Esos intereses, dijo, “solo conducen a la ruina”. Sí. Así lo dijo. Sin anestesia. Sin especificar si es que nos llevan al esplendor del Imperio decadente o directamente al hoyo. El caso es que me derrumbé. No es un juego de palabras pero ¿qué otra cosa puede hacerse cuando te anuncian la ruina?
De pronto me imaginé la Ciudad de les Arts como los foros imperiales de Roma, a trozos, con la hierba creciendo por entre las rendijas de lo que un día fueron los pilares de enormes templos y edificios públicos; con los turistas haciéndose fotos recostados en lo que, in illo tempore, fuera la Via Sacra por donde desfilaran los héroes de la ópera, la ciencia o el deporte. Fue como si los grafiteros del Poliniza en la UPV hubieran pintado la ruina de la gloria imperial en calendarios y pósters de souvenir.
Luego desperté de la siesta y me alivió pensar que había sido una pesadilla flash forward y que nadie se había llevado el trencadís como durante siglos hicieran con el mármol del Coliseo.
Solo entonces supe que Rato había dimitido. No sé si lo hizo por haber dejado la grandeza de Roma en manos de los bárbaros pero entonces mi derrumbe fue total.