Estaba pensando hacer el curso de prostituta. No se me escandalicen. No es por vocación sino por curiosidad de entomóloga. Y no. “Entomóloga” no es “señorita de moral diluida con quien pasar una entretenida tarde de charla a cambio de un generoso donativo”.
La entomología es el estudio de los insectos y a mí me gusta analizar a los bichos humanos, de ahí el interés por esa novedosa área de conocimiento; si no los pongo con un aguja en una cajita es por pura sensibilidad animalista, nada más. Por cierto que al algunos sí los pincharía pero con una estaca en medio del corazón. Pero no hablemos hoy de Bankia.
Digo que me gustaría hacer el curso, sin intención de ejercer la profesión. Yo soy muy así. Me gusta estudiar algo por saberlo. Justo lo contrario a lo que hace el 80% de los que escogen una carrera. Ellos cursan esto o aquello por la salida profesional, es decir, su utilidad. Yo, a ratos, repaso latín o me “amorro” al atlas para repasar geografía. Con eso está todo dicho.
La prueba es que me matriculé en periodismo porque me gustaba el plan de estudios, no por ganar un Pulitzer. Luego vino el Doctorado, otra carrera y ahora, un Máster y, entre tanto, decenas de cursos desde diseño de páginas web a los ritos funerarios del Antiguo Egipto. Con ese vicio, ¿por qué no iba a apuntarme al famoso curso de prostituta?
Es cierto que tendría reparos para ser evaluada en las prácticas. Eso y el trabajo final de carrera me imponen un poco. Sobre todo si tiene que “exponerse” ante un tribunal. Respecto a la teoría, en cambio, no tendría nada que objetar aunque leer en el libro de texto que las guapas ganan más que las feas me desmotivaría un poco. Digamos que no me veo en el estrellato profesional y una, sea en lo que sea, procura ser la mejor.
El consuelo es que los “expertos” auguran trabajo también para las feas. Y lamentablemente es a los pocos que escucho asegurar que hay trabajo para todos.