Hace un año España exportó algo al mundo. Eran los “indignados”. Desde entonces, cuando en Nueva York o en Londres se habla del movimiento “occupy” se usa el término “indignados” con el mismo acento con el que dicen “siesta”, “patio” o “paela” (paella, en cristiano)”.
España reaccionó contra las soluciones hipócritas de una crisis que no hemos provocado los ciudadanos. Es verdad que hubo quien intentó hacerse rico comprando pisos, pero podía haberse regulado como están haciendo ahora en China, donde vigilan que no se construyan más casas de las que se pueden colocar.
Por eso la indignación está plenamente justificada aunque haya excesos; aunque haya quien se aproveche del malestar; aunque se radicalice. Aún con todos sus defectos, la indignación es justa.
Sin embargo, los movimientos sociales que consiguen logros tienen unos ritmos insufribles para una sola generación pues sus resultados se ven al cabo de mucho más tiempo. Algunos de los que vivieron las Guerras Mundiales quizás no llegaron a ver la Declaración de los Derechos Humanos, la creación de la ONU o los juicios de Nüremberg. Muchos de los que se manifestaron contra la guerra en Vietnam o contra la Guerra Fría tal vez no llegaron a celebrar la caída del Muro de Berlín ni la Perestroika. Sin embargo, sus pancartas, sus gritos de reivindicación y su rechazo a un orden mundial caduco empujaron para llegar al cambio.
En días como hoy, en los que vemos que ha pasado un año y que nos atornillan más que antes, puede cundir el desánimo. Mientras comprobamos cómo el dinero que pensábamos destinar a una cama de hospital para el abuelo se lo lleva Hacienda para sostener a los bancos manirrotos, celebramos que nos levantamos “en voces”, que no “en armas”, para no resignarnos. ¿Servirá? Confiemos en que las generaciones futuras agradezcan que nosotros empezáramos a empujar y, tal vez, como dice Llach, “si estirem tots, ella caurà”.