Mientras aplaudimos que nuestros gobernantes tengan una vida normal, lamentamos que dejen de ser iconos. Es una de las incoherencias de la vida pública en la que necesitamos personajes-símbolo, pero renegamos de ellos en cuanto pierden su magia.
Hablo de Carla Bruni, desde luego. No hace tanto era la nueva Jackie Kennedy, la musa del glamour político, la diva de las relaciones internacionales que deslumbraba por donde iba.
Ahora que no solo ha perdido el poder sino la figura – a tenor de los comentaristas de la cosa rosa; ya quisiera yo tener la suya- es fácilmente sustituible por Valérie, la compañera de François Hollande. Contra todo pronóstico fue la nueva inquilina del Elíseo la que lució más en el traspaso de poderes: vestido vaporoso, tacones y abrigo blanco frente al traje pantalón y el zapato bajo de Carla.
Y a partir de ese momento, se acabó el mito Bruni. Justo cuando deja de ser la modelo que eclipsaba incluso al presidente de la República en sus viajes oficiales, queda relegada en los comentarios públicos. Se le reprocha su descuido en el vestir porque no se disfraza de maniquí; se le critica un ligero aumento de peso tras una maternidad reciente y se le censura por haber decidido no ir siempre impecable. Es decir, molesta que la diosa se haya convertido en una simple mortal.
Lo más curioso del caso, sin embargo, es que Hollande ganó el combate electoral bajo el concepto de “normalidad”. Se presentó como el hombre normal y corriente. Sin embargo, la más normal, ahora, es Carla Bruni. Ya no es inalcanzable. Es normal engordar tras el embarazo; es normal no tener ganas de arreglarse “a lo First Lady” en todas las ocasiones y es normal tener mala cara después de una noche sin dormir porque la niña no ha parado de llorar.
Los franceses han votado al hombre normal pero no quieren a la mujer normal. En ella, siempre se espera ver a una princesa, no a una persona normal.