Los ves en el telediario y te parecen lejanos. Hacen colas en centros de asistencia social para comer y crees que tú nunca dejarás de tener unos euros para un pan y una lata de atún.
Hasta que llega una mañana en la que un amigo te dice que solo hace una comida al día porque no tiene para más o que pide sobras alegando que son para el perro y se las come él. No hablo de oídas; me pasó a mí ayer y todavía no sé cómo pasarle un táper sin que se ofenda.
Más tarde me encontré con un hombre que pedía. Llevaba un trozo de pan y quería rellenarlo en la tienda de fiambres de la calle. Nada que ver con unas niñas pijas que me pidieron un euro el otro día para comprarse un kebab. Para ésas no tuve. Que aprendan a no jugar con el drama de pedir en la puerta de un ultramarinos.
Mientras tanto, nos hablan de primas de riesgo peligrosas porque los usureros internacionales necesitan llenarse más los bolsillos para que nosotros vivamos. ¿Y quién les dio vela en este entierro, nunca mejor dicho?
Desde ayer me siento cómplice de ese delito que debería castigarse algún día como se está haciendo con los criminales serbios. Someter a la población a la hambruna de guante blanco es un crimen de lesa humanidad.
Lo que vivimos es una suerte de guerra contemporánea, aparentemente incruenta, en la que se bombardea a un país más débil para conquistar el “territorio” de sus riquezas y el pan de las generaciones venideras. No hay rapiña aldea por aldea pero sí se llevan el botín dejando la tierra quemada.
Todos aquellos quedaron impunes alegando que era la forma de vida de entonces. La nuestra es ésta. Un sistema que desangra al 90% de los ciudadanos, que les obliga a vivir sin ganas y a renunciar al futuro. Un sistema que nadie se ocupa de cambiar porque al poder no le interesa que se cambie. Digo “el poder” de verdad. No el que parece que manda sino el que lo hace a la sombra, agazapado tras la prima.