Leer en el diario británico The Guardian las críticas a la Reina Doña Sofía por no acudir al jubileo de Isabel II no deja de ser sorprendente. No es tanto porque le recriminen “el feo”, sino por presentar a nuestra reina como la profesional que es, es decir, como alguien capaz de mantener las formas hasta en el desaire.
Que los ingleses reprochen a un mediterráneo su frialdad es lo último que me esperaba. Allí, que son tan dados a decirte “no se te ocurra llorar” cuando se despiden de ti para siempre, debería ser más aceptable que en ningún otro sitio el rigor de la reina. Sin embargo se quejan de su capacidad para aceptar la invitación y luego, sin que se mueva ni una ceja, decir “ay, pues no voy a poder”.
En todo este asunto del desaire español subyace Gibraltar y, por mucho que diga el ministro que no tiene que ver el viaje del Príncipe Eduardo al Peñón, hay algo que me intranquiliza.
En general Gibraltar y los anacronismos históricos me parecen cuestiones sacadas de contexto e inoportunas. En un mundo globalizado, donde los intereses patrios pueden ser defendidos sin necesidad de tomar una plaza estratégica porque las plazas que cuentan son la City o Wall Street, resulta estúpido enfrentarse por un lugar.
Ahora bien, si el sitio no es relevante, sus recursos, sí. Y ahí es donde duele Gibraltar. Dice García Margallo que el problema no es la visita real sino los problemas de la pesca. Lo dice un canciller que en su primera salida internacional se ocupó de hacerle saber a su homólogo británico su opinión sobre la Roca. “Gibraltar, español”, le espetó, para asombro de todos los españoles. He de decir que aquello no me gustó nada y que por eso sospecho que la ausencia de Doña Sofía de Windsor tiene más que ver con el ministro arrebatado que con la pesca.
No obstante, ojalá sea así y le digan al rey que tampoco visite Marruecos ni Bruselas por el honor de la agricultura valenciana.