Las apelaciones a las herencias recibidas me recuerdan a quienes siempre se justifican recordando viejas afrentas. Cuando digo “viejas” no me refiero a las de hace diez o doce años sino quinientos o seiscientos.
Es intentar convencerme de que los atentados de Al Qaeda tienen algo que ver con la caída de Granada y me da por bostezar. ¿Por qué es más respetable la pérdida de Granada que la derrota en Guadalete? ¿Por qué no alzar un pendón en memoria de los visigodos? No lo digo porque tenga afición a Recesvinto, Chindasvinto y otros chicos del montón cuyos nombres jamás fueron fijados en mi memoria, sino por intentar poner en perspectiva el pasado.
La herencia es algo inherente al tiempo y los españoles somos lo que somos hoy por Chindasvinto, Godoy o Azaña. Es decir, por todos los que han pasado por el poder. Incluidos González, Aznar, Zapatero y Rajoy, por duplicado, con Aznar o con Soraya.
Es verdad que no es a la herencia histórica a lo que se refieren quienes estos días vociferan sobre el contrario en mítines envueltos en piel de cordero reunido en congreso. Ellos se refieren a lo dejado por el gobierno anterior, como antes hicieron los otros cuando llegaron. Y como harán los siguientes cuando les toque. Por eso ya no les hago ni caso.
Seguramente tienen razón. No hay más que recordar la inactividad del gobierno socialista cuando acusaba de antipatriota a quien alertaba de la crisis que se nos venía encima. O a Solbes negando lo evidente en el debate con Pizarro en televisión, apenas diez minutos antes de que todo estallara.
Sin embargo, no puedo dejar de pensar que nuestros males de hoy, es decir, la banca y el ladrillo, no se construyeron en un día sino en varias legislaturas. Son problemas multicolor.
En una palabra, la herencia se remonta a varias generaciones gubernamentales, así que no sé a qué viene tanta algarada cuando todos sabemos quiénes son responsables.