Para algunos, la política es un arte pero yo, a estas alturas, no creo que sea, ni siquiera, una profesión. Se me podrá decir que el político gestiona lo público y regula lo colectivo. Pero si damos por hecho que ese es su oficio, me pregunto qué necesidad tenemos entonces de políticos. Que sean especialistas en la materia y no se dejen contaminar por la política. Estilo Monti, quiero decir.
Ya sé que eso nos abocaría a la imposibilidad de participar pues lo hacemos en función de la interpretación de la realidad que hace cada una de las alternativas políticas. Desconozco cómo podría organizarse entonces la vía democrática. Tal vez, lo que es imprescindible, como reivindica el 15M, es repensarlo todo de nuevo.
No acabo de ver qué tiene de bueno la presencia del político más allá del circo diario de la opinión pública. Será que estoy bajo el efecto del mutis por el foro de José Luis Olivas. Él es el mejor ejemplo de que los políticos están bien en sus púlpitos dominicales y poco más. Y Bancaja es el símbolo de que la entrada de políticos en las cajas las llevan no solo al fracaso sino al incumplimiento de sus fines altruistas.
Eso es lo que más me enerva. No lo digo por mí ni por mis ahorros en la que creía que era un refugio seguro “porque Bancaja nunca caerá; sería como ver caer a la Comunidad Valenciana”. Lo pensé así. Lo confieso. Absténganse de reír.
Me enfada especialmente por gente como mi madre, del “club pensión” de Bancaja. Uno de los colectivos que deberían haber sido prioritarios en su gestión y que tal vez lo fuera en algún tiempo. Sin embargo, desde hace años veo que me tratan mejor a mí que a ella; a mi nómina que a su pensión y a sus perspectivas de negocio sobre mis ahorros que sobre sus modestos “chavos” mantenidos con heroicidad.
Los políticos han conseguido desnaturalizar las cajas y no han sabido ni gestionarlas bien como meros bancos. Y no piden ni perdón.