Acabo de descubrir que tengo algo en común con Rajoy. No es la barba ni tampoco el humor gallego. Lo mío es socarronería valenciana de pura cepa guisada en el lento hervir de un arroç al forn.
Rajoy y yo compartimos esa funesta manía de apagar el móvil. O de dejarlo en silencio por tiempo inmemorial hasta que las palomas mensajeras inundan tu terraza para traerte un whatsapp urgente de un amigo desesperado.
Lo digo porque hasta hace unas horas Rubalcaba estaba en un “ay” con que Rajoy se arrancara a marcar su número y pudieran tener esa conversación de la que está pendiente España entera.
Parecía una escena tremenda de final de temporada en culebrón venezolano. ¿Llamará Mariano José del Sagrado Corazón a Alfredo Luis de todos los Santos? ¿Y Alfredo Luis le contestará o le dirá aquello de “vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta”?
La verdad es que no termino de entender qué hacíamos todos con el alma en vilo por la dichosa llamada, salvo porque lo anunció Rubalcaba y, de no hacerla, se iba a acabar el mundo mucho antes de lo atribuido a los mayas.
Era peor que una escena de balcón a lo Capuleto 3.0, con la amada esperando ser conquistada por bluetooth. Y si no, ¿qué sentido tenía que RbCb dijera que no tenía el móvil de Rajoy y que no sabía si él tenía el suyo? Sonaba a despecho de enamorada haciendo ver que ya había borrado “su” número de la agenda para no saber nada de él por siempre jamás.
Y por fin llegó el aviso. Rajoy citaba al amado para el viernes y la angustia por el temor del olvido se tornaba ilusión por el reencuentro. Hay que ver el poder taumatúrgico de las antenas de telefonía.
España entera respiró aliviada, aunque aquello sonara demasiado a fútbol “nacional” y menos a crisis económica. Será por la presencia de Durán; será por la amenaza de “lluvia de silbidos e improperios” o simplemente, porque de los viernes ya una no espera nada bueno.