Que le produce vergüenza ajena, dice el vicepresidente Císcar. ¿Vergüenza? A mí me pasa eso cuando un amigo, sin oído musical ninguno, se empeña en cantar en un karaoke. O cuando una amiga, enamoriscadilla de un idiota, se le declara sin ninguna posibilidad. Ahí hay vergüenza ajena. Sufro con ellos y por ellos. Quisiera no verles haciendo el ridículo de esa manera, por el gran cariño que les tengo. Pero ¿lo de Cooperación? Eso no da vergüenza ajena, vicepresidente. De ser cierto, lo que da es asco.
No me refiero al hecho de robar, que ya es. Ni de timarnos a los valencianos que, con ese dinero, podríamos ayudar a Caritas o a la Casa de la Caridad. Ni siquiera a la insensibilidad de aprovecharse de la solidaridad colectiva en lugar de trincarlo de las obras públicas, como es tradicional.
Lo que me da asco es el discurso que acompaña ese comportamiento inmoral. Ya sé que judicialmente lo grave es el hecho y no tanto el pensamiento. Lo malo es la trama organizada y el enriquecimiento ilícito. Sin embargo, para mí lo peor es el desprecio con que se habla de los más necesitados de la tierra. Y no porque sean necesitados sino porque son personas con la misma dignidad que quien habla. O mejor dicho, visto lo visto, con mucha más dignidad que ellos.
“Negrolandia”, “negratas” y esa forma de escupir con palabras sobre el sufrimiento ajeno sobrecoge. A mí, al menos, todavía me sobrecoge. Será que ya estoy hecha a la corruptela y solo me saca de la rutina que ésta sea, además, especialmente repugnante. Que eso lo haga, lo consienta o mire para otro lado gente que después no tiene ningún reparo en hilar discursos sobre la ayuda al desfavorecido no puede producirme vergüenza sino arcadas.
Al lado de esto, los “amiguitos del alma” no eran más que cursilerías de toalla Hello Kitty. Si es verdad, solo espero que no solo caiga el peso de la ley sobre ellos sino el rechazo social más profundo.