De cuervos y topos están los salones del poder llenos. No hay más que ver el novelón que se ha montado en el Vaticano a cuenta de unos filtradores bienintencionados (sic) y en Ferraz, a cuenta de una filtradora inconveniente. Pero entre Paolo, el mayordomo, y Maru, la topilla, me quedo con esta última.
Ya sé que la historia del ayudante del Papa que copiaba documentos mientras le servía el vino es mucho más hollywoodiense; propicia para la gran serie de intriga y muy superior a las novelas de Dan Brown. ¡Ay, Dan, que te han pisado el Código Vatileaks!
Sin embargo la historia de Maru es muy de cine patrio, con Álex de la Iglesia haciendo una versión de “La comunidad” en la sede del PSOE. Hay que reconocer que Rubalcaba no necesita caracterización para hacer de perverso caza-topillos y hasta de cuervo de sí mismo. De Maru, en cambio, no puedo decir nada porque apenas la conozco, pero parece entrañable que sea la espía del Rubaleaks con ese nombre tan castizo. Nada de condesa de Romanones. Ella es la Maru de España.
Y con alguien así tan cerca, es normal que a RbCb no le vaya nada bien su papel de oposición premonitoria. Está, como suele decirse, con un perfil bajo. Tan bajo que ya ni se encuentra.
Por eso no me extraña que quiera cargársela. ¿Acaso no es una muestra de deslealtad contar a los extraños lo que pasa en casa? No entiendo, pues, que reprochen a Rubalcaba sus palabras. Ellas eran oportunas; lo inoportuno fue que las grabaran.
Es normal que prefiera prescindir de alguien en quien no confía y también lo es que, vista la polémica, haya preferido dejar correr el escándalo, “congelar a Maru” en su puesto para neutralizarla sin polvaredas y, pasado el tiempo, cortarle la cabeza sin estruendos ni memoria.
En el fondo el escándalo es una pose. ¿Qué hace un ama/o de casa cuando el servicio cotillea con las vecinas sobre las desavenencias en el matrimonio? Pues aquí lo mismo.