Ellos siguen a la suya. Parece que a los políticos les leen sus derechos cuando los incluyen en las listas electorales y con eso tienen suficiente para empezar a actuar: “tiene derecho a un abogado”, les dicen por si las moscas leguleyas y las corruptelas varias; “tiene derecho a guardar silencio”, para no crear más crisis -argumentan- y, por último, “todo lo que ocurra puede ser utilizado en su contra”, que es como el gran mantra de la clase política. Siempre están dispuestos a usar la realidad como bomba de mano: si sube la prima de riesgo, es por lo que dice el otro; si baja, por lo que calla. Hasta los fenómenos atmosféricos, ajenos a la voluntad humana, pueden ser carne de acusación.
Leídos sus derechos ya tienen bula para dedicarse durante toda la legislatura a jugar al frontón con sus oponentes políticos. Y allá se las compongan los ciudadanos. Lo pienso en cada sesión de control al gobierno ya esté el PP o el PSOE. Da la sensación de que su objetivo es seducir a los votantes y, cuando eso resulta difícil, como en el presente, se limitan a pegarles codazos al grito de “tú ves como no te conviene” señalando al contrario.
Supongo que no es todo así pero al verlos discutir me pregunto qué les importa más, si el duelo a cara de perro con sus alternativas o el bienestar de los representados. Y han llegado a cansarme. ¿Qué falta nos hace una pandilla discutiendo sobre cómo rescatar a un tullido de un incendio mientras se quema? Esa la imagen que me ofrece la clase política en la catástrofe que vivimos.
Lo último es decir que deberían pedirse “dimisiones retroactivas” del periodo socialista. ¿Dimisiones retroactivas de alguien que ya no está en el cargo? ¿Estos se escuchan alguna vez? Es el mejor ejemplo de retórica de la acusación. Pedir una dimisión tiene sentido para apartar a alguien de un cargo por el bien común pero estas condiciones solo pretende desgastar al oponente.