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María José Pou

iPou 3.0

Los “yayoflautas” de Bankia

Siempre he pensado que mi vida hubiera sido distinta de haberme educado con mis abuelos. Cosas de la vida, no pude conocer más que a una a la que perdí con cinco añitos. Con ellos al lado, quizás hubiera aprendido a verlo todo con más distancias y menos vergüenzas. Son las lecciones de la experiencia: saber por qué merece la pena angustiarse (por casi nada) y qué debe cohibirnos (solo la inmoralidad).

De poder elegir, yo quisiera tener un “yayoflauta” de “yayo”. De esos que van a Bankia y piden explicaciones, sin malos rollos pero sin vergüenzas de pitar o darle a la cacerola en el centro de Valencia. Cosas así solo las hacen quienes no tienen miedo al ridículo en público, como los que hace unos días se pusieron a bailar flamenco en otra sucursal de Cajamadrid al ritmo de “Bankia, Bankia, Bankia, pa’ ti seis pulmones, pa’ mí ni una branquia”.

Es una de las grandes oportunidades del “yayo”: la capacidad de llamar a las cosas por su nombre, decir lo que de verdad uno piensa y dejarse de remilgos sociales, más allá de los estrictamente necesarios.

Por eso los “yayoflautas” son invencibles en la protesta social. Lo hacen desde el descaro de sus años y la credibilidad de sus canas. Y yo me quito el sombrero. Es más, me hubiera gustado tenerlos al lado en mi primera experiencia próxima al “corralito”. Fue precisamente ayer, cuando un cajero de Bancaja decidió que el máximo que podía sacar estaba muy por debajo del habitual.

En ese momento imaginé lo que es no disponer del dinero que una sabe que tiene en la cuenta. Fui a otro cajero y pareció volver a la normalidad. ¿Falsa alarma? Quizás. No debería leer a Krugman a partir de las 12 de la noche.

Viendo después la protesta de los “yayoflautas”, sé que si alguien nos puede sacar emocionalmente de esta crisis son ellos. No bajarán la prima de riesgo pero nos enseñarán a reírnos de esa prima, de su cuñada y de la suegra que las parió.

Enviado desde Betafo, Madagascar.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.


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