Quienes hemos estado alguna vez en puestos directivos sabemos que, poniendo interés y honestidad, no se necesitan tornos para saber quién cumple o no con su labor.
¿Conoce usted a un funcionario? Pregúntele si sabe quién trabaja y quien se va de compras al centro. Seguro que puede decírselo.
No estoy sugiriendo que se tome al compañero de chivato, ni mucho menos. Esa información debe averiguarla el jefe por sí mismo, no por “topos” que solo crean malestar entre los trabajadores.
Lo que quiero decir es que cuando uno trabaja en un lugar puede decir eso de “nos conocemos todos”. Sabe de sobra qué hace cada uno.
A mí siempre me ha fastidiado el jefe inútil que, incapaz de saber nada cierto y ávido de vendettas y demostraciones de poder, toma medidas radicales contra todos, tirios y troyanos. Esas decisiones solo repercuten en un mal clima de trabajo y, por tanto, a la larga reducen la productividad.
Quien llega a su hora, sale lo justo para el café y no para de trabajar se ofende porque es controlado por culpa de quienes no cumplen. Quien se escaquea es posible que sepa cómo seguir haciéndolo con o sin tornos, huellas digitales o cualesquiera carabinas que la Administración valenciana imponga a sus funcionarios.
Lo grave, de todos modos, no son las medidas, aunque algunas sean ridículas y carísimas, como pedir justificante al médico por un resfriado, un ataque de lumbago o una gastroenteritis de un par de días.
Lo malo es el gasto que se va a ahorrar la Comunidad Valenciana. Dando esas cifras tan altas de previsiones -18’3 millones de euros al año- creen ofrecer una gran imagen de eficiencia y lo único que consiguen es que nos preguntemos cómo han dejado que se perdieran todos estos años. Si solo es cuestión de caraduras que toman una baja injustificada –sobre lo que tengo dudas- no haberlos controlado antes es una indecencia sobre la que deberían pedirse responsabilidades.