A mí me dicen 60 años y ya me canso. De lo que sea. 60 años de matrimonio. 60 años de pasión por un equipo de fútbol. 60 años leyendo al mismo escritor o 60 años escuchando a un cantante. No digamos nada de pasar 60 años trabajando en lo mismo y en la misma empresa.
De todo, creo que lo peor es pasar ¡60 años trabajando! Ya me parecen muchos los años de cotización que se empeñan en imponernos con que pensar en trabajar hasta los 78, o más, me resulta insufrible.
Y sin embargo, allí está ella. The Queen. Isabel II de Inglaterra. 6 décadas en el trono y con su Imperio rendido a sus pies en los márgenes del Támesis, creyendo en ella como el primer día.
Luego dicen algunos que la monarquía es una losa. No sé si para nosotros lo es, pero desde luego sí parece que lo sea para quien la ejerce. Como mínimo por no tener jubilación, aunque tengan jubileo, como le ocurre a la reina Isabel en estos días.
Yo creo que eso es motivo más que suficiente para revisar todos los cargos vitalicios que en el mundo existen. Lo vitalicio es propio de otras épocas. De aquellas en las que “vitalicio” significaba unos 30 ó 40 años porque la esperanza de vida era más corta y porque el encargo venía otorgado por la divinidad y ante eso no hay quien proteste.
Lo vitalicio está vinculado a una misión de vida que hoy en día pocos pueden defender para lo que, en el fondo, no es más que un trabajo y una dedicación profesional.
¿Por qué no dejar descansar a quien ha entregado su vida entera por una causa? ¿Qué más puede hacer sino preparar la transición a quien venga detrás? De otro modo, corre el riesgo de confundir a su persona con la institución o con el trabajo, cuando en realidad cada uno de nosotros no es más que una etapa en la historia de algo. Aunque sea del Reino Unido.
Dios salve a la Reina. Ojalá la salve de su propia Corona y, con el Jubileo, llegue la jubilación. Con mis mejores deseos, Ma’am.