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María José Pou

iPou 3.0

A 451 grados Farenheit

“Donde se queman libros, se termina quemando también a personas”. La frase no es de Ray Bradbury, aunque bien podría haberla firmado. Es de Heinrich Heine, uno de los más grandes poetas alemanes. Tampoco es del siglo pasado sino del anterior. O, posiblemente, de siempre.

Como digo, bien podría haber servido la cita de prólogo a la famosa novela de Bradbury Farenheit 451, en la que una sociedad idiotizada lucha por erradicar los libros por su naturaleza subversiva. Frente a ella, esclavizada por un gobierno intelectualmente castrante, uno de los encargados de quemar libros, casas y personas si es necesario, se subleva e intenta luchar contra la ignorancia.

En la novela, quienes debían quemar cualquier biblioteca que existiera eran los propios bomberos. No es una elección aleatoria en el libro. Un libro como ése no tiene nada casual. Por eso no hay que dar nunca la espalda a un libro de ciencia-ficción.

Bradbury ha sido catalogado como autor del género pero en un entorno que desprecia o recluye ese tipo de contenidos no puede entender la oportunidad que la ciencia ficción brinda a la realidad. Pocos formatos permiten analizar y criticar la vida cotidiana como el que imagina un mundo paralelo.

Eso es lo que hacía Bradbury: hablar del tiempo contemporáneo a partir de futuribles. Y lo que hace grande a ese tipo de novelas es su capacidad para ganar vigencia conforme pasa el tiempo.

Cuando ahora una se acerca a Farenheit 451 y ve a esas autoridades enloquecidas por controlar a los ciudadanos; esos habitantes capaces de denunciar a su familia por miedo a la libertad; esos héroes anónimos, convencidos de la prevalencia del saber por encima de la ignorancia aunque ésta sea cómoda y aquel, doloroso o esos servidores del poder decididos a revelarse contra sus abusos, no se queda en un mundo imaginario. Bradbury habla del presente. De este presente más que nunca.

Aunque cuando lo hiciera, no tuviera ni idea de lo que íbamos a ver; aunque hubiera cumplido hace unos meses los 91 años y aunque ayer nos dejara para siempre. Bien podía haber escrito la frase de Heine que hoy se encuentra en la Bebelplatz de Berlín. Justo donde quemaron libros en el 33 y donde una placa de cristal en el suelo muestra una estantería vacía, recuerdo de aquella noche aciaga en la que los nazis intentaron someter al ser humano borrando toda muestra de reflexión y conocimiento. A 451 grados Farenheit.

Socarronería valenciana de última generación

Sobre el autor

Divide su tiempo entre las columnas para el periódico, las clases y la investigación en la universidad y el estudio de cualquier cosa poco útil pero apasionante. El resto del tiempo lo dedica a la cocina y al voluntariado con protectoras de animales.


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