De esta crisis nos va a sacar la innovación. Al menos, es una vía de futuro para quien ve cómo su sector tradicional no ofrece posibilidades. En el periodismo, por ejemplo, lo estamos viendo a diario. Si se lee menos prensa en papel y más en otros soportes, sería suicida no desarrollar contenidos para esos otros lectores.
Del mismo modo, los emprendedores han de buscar hacia dónde camina su negocio. Otro ejemplo es la crisis de los grandes restaurantes en Valencia. Si el cliente potencial es el que quiere disfrutar de delicatessen pero con precios más ajustados, quizás sea el momento de ofrecer menús cerrados que no disparen la cuenta, como ya hacen algunos establecimientos emblemáticos de la ciudad. Es una de las lecciones de la Valencia Cuina Oberta: si en los días en que se celebra, los locales se llenan ¿por qué no probar esa solución antes que echar el cierre?
Por eso resulta necesario repensar el “puesto del mercado”.
El lunes se subastaron 90 puestos de los mercados municipales pero solo 13 fueron adjudicados, tal vez, por el prejuicio de no relacionar “puesto” y “tienda” o de entender “puesto” como espacio para la venta de frutas, verduras o carnes y pescados.
A mí me gusta ver cómo en Russafa, por ejemplo, hay puestos de fotografía, comida y útiles para mascotas, quiosco o bicicletas. De hecho, a veces me fastidia que en el mercado no haya otro tipo de tiendas junto a las habituales y que eso me obligue a salir de él para comprar algunas cosas.
No se trata solo de abrir opciones distintas para el mismo espacio de siempre. También es necesario potenciar lo que existe o, como se dice ahora, poner en valor lo conocido. Es una apuesta que va más allá de una toma de posición en defensa del comercio local antes que las grandes superficies. Es una cuestión de calidad.
No todo lo resuelve un supermercado aunque sería más cómodo que andar de peregrinaje cada semana comprando la verdura aquí, el aceite allí y los huevos, más allá.
Personalmente, me agota esa ruta para buscar en cada sitio algo distinto pero en los supermercados no encuentro fruta, verdura o carne como la del mercado. Es su valor diferencial. El problema es su horario restringido que obliga a algunos clientes a acudir al súper porque cierra tarde y que también puede desanimar a quien quiere tener una tienda porque no puede competir con las demás.
Ese horario hace que, en ocasiones, no llegue a tiempo del trabajo para comprar en el mercado y tenga que ir al súper a por manzanas o melón. Y ahí es donde veo el potencial del primero: un quilo de manzanas en el súper, a 1,98 el quilo y en el puesto de Carlos en Russafa, a 1,10, con más sabor y en el punto de madurez que Yolanda sabe que me gusta. Esa calidad no tiene precio. Lo malo es que quizás no somos bastantes los que lo decimos.