Siempre he pensado que un rescate alivia al rescatado pero la verdad es que ayer no vi a nadie tan angustiado como para necesitar a un superhéroe, más allá de Casillas o Iniesta.
Que yo recuerde, Superman llegaba a las vías del tren justo antes de que una locomotora sin control estuviera a punto de descarrilar. Los segundos anteriores hacían que el espectador agarrara el asiento del cine con las uñas por miedo a que no llegara a tiempo y todo saltara por los aires, pero cuando el chico de la kriptonita lo conseguía, se relajaba y suspiraba de tranquilidad. Algunos, antiguamente, hasta aplaudían la escena.
Sin embargo, no veo yo esa tensión en la calle. Supongo que es porque nadie siente este rescate como propio, al contrario, lo ve como el principio de una angustia que ahondará la presente durante mucho tiempo.
Los únicos que respirarán aliviados son unos bancos que hicieron mal su trabajo, que buscaron enriquecerse hasta sacar las entrañas y que ahora no van a verse perjudicados, recortados ni cuestionados. Mientras, los ciudadanos tenemos que seguir ahogándonos.
Somos los que estamos en el tren a punto de descarrilar mientras vemos por la ventanilla cómo Supermán se va a ayudar a un gordo ricachón para que no pise una caca de perro al bajar del Ferrari. Para eso nos sirven los superhéroes, para ayudar al fuerte y dejar caer al débil. Los rescates de hoy son para que los poderosos no pierdan su estatus, no sea que terminen haciendo el ridículo.
Y aún hemos de ver cómo el gobernador del Banco de España se pone gallito presumiendo de buena gestión o los directivos de los bancos abusones siguen embolsándose sueldos o pensiones millonarias que, posiblemente, no se verán alteradas. Ni perderán su puesto de trabajo ni sus privilegios.
Todavía no he visto ningún reportaje sobre grandes especuladores en la cola del comedor social. Y a pesar de su fracaso no creo que lo veamos nunca.