Antiguamente, cuando el teléfono era un objeto escaso compartido por cientos de vecinos, había que pedir a la centralita que llamara al número con el que se quería hablar. Pasado un rato, la telefonista decía: “Señor López, su conferencia”.
Esa escena parece estar repitiéndose en Moncloa con preocupante frecuencia, pero en lugar de convocar a una conversación telefónica, lo hacen a videoconferencia.
Unas videoconferencias que ahorran mucho en viajes (¿por qué no lo pensaron antes estos que nos exigen recortes a todas horas?) pero sobre todo que impiden reuniones susceptibles de ser boicoteadas por los ciudadanos afectados.
En las videoconferencias a las que convocan a Rajoy, como la del otro día o la de ayer, no se le dan palmaditas en la espalda porque ni se puede físicamente ni se trata de eso. Al contrario. Son para exigirle, conminarle, animarle y ofrecerle una hoja de ruta con poco margen. O sea, son videoconferencias-trampa. Yo, si fuera Rajoy, daría comunicando.
Ahora el FMI pretende dar una vuelta más de tuerca. Cada vez que hablan Merkel, Almunia o Lagarde me da la sensación de estar en la sala de torturas de la Torre de Londres atada al potro. De pronto entra una autoridad internacional a la que ni veo ni conozco y dice: apretad más.
Y el pobre inocente que ni ha cometido el crimen ni sabe quién lo hizo grita de dolor hasta caer desmayado. Ahí se encuentra Grecia. En el suelo. Esperando que el carcelero le tire un cubo de agua para espabilarse este fin de semana. Y no crean que es un gesto de humanidad. No. Es para seguir torturándola.
Por eso no me extraña que los griegos ya piensen en dracmas y manden a paseo a las autoridades europeas que mucho hablan pero poco se ajustan. Sin ir más lejos, piden más esfuerzos a los funcionarios pero no dicen ni una palabra de rebajar funcionarios ni sueldos en las instituciones europeas. Y mucho menos, cargos. ¿Acaso no sobran?