Dirán que ha sido un error; que es un caso aislado y que no volverá a suceder. Destituirán a dos o tres funcionarios para tener un chivo expiatorio. Iniciarán una investigación que quedará en nada. Y en cualquier caso siempre podrán apelar a un interés superior: el de la nación.
Mientras tanto, una familia que esperaba un hijo ha sido obligada a matarlo. Y ha sido con siete meses de embarazo, un tiempo que ninguna ley de plazos acepta como válido. ¿Es suficiente una vida para pagar una multa?
Y es curioso que en la información no se hable de “niño” sino de “feto”. ¿Las embarazadas de siete meses hablan de su hijo como “feto”? En China, al parecer, sí.
Es todo tan indecente en la política china de natalidad que repugna incluso que solo nos mueva el impacto de la foto de una madre y los restos de su hijo perfectamente formado pero muerto, a su lado.
Lo grave no es la foto; ni siquiera que le obligaran a tenerlo en su propia cama. Lo realmente escandaloso es que el Occidente de los derechos humanos, de las protestas por los niños iraquíes, palestinos o sirios, y de ese exquisito cogérsela con papel de fumar para abortar dentro de unos plazos, no levante ni la ceja con los abortos en China. Y con este, en particular.
Es cierto que podemos contemplar un avance respecto a otras épocas: ahora, el padre puede rebelarse y reclamar a las autoridades en nombre de la “libertad de nacer”. Y puede hacerlo, al parecer, sin ir a la cárcel por ello.
Sin embargo, resulta indignante el silencio de Europa sobre la política de natalidad china. Es un silencio cómplice porque en su seno guarda una semilla de incoherencia. ¿Qué es un plazo sino una incoherencia que se escandaliza con siete meses pero no con tres? China no es más que la versión hard de lo mismo. De una visión utilitarista de la vida donde unos deben nacer porque sirven para curar y otros deben morir porque entorpecen otros planes.