Ya sé por qué la gente mete los pies en el agua en una noche como ésta. Lo descubrí el único año que fui a la playa para celebrar San Juan con un amigo.
Fue en Port Saplaya. Pensé que allí estaría más despejado que en la Malvarrosa o en la Patacona. ¿Despejado, dice? ¡Al lado de una playa por San Juan, Benidorm en verano es un páramo carente de vida! ¡Es una estepa rusa helada en pleno invierno, un desierto lunar antes de la carrera espacial o un llano antártico sin presencia ni siquiera de amebas prehistóricas!
Lo de aquella noche fue como si, el día de San José, Justin Bieber hubiera anunciado que regalaba reliquias de su ropa interior a las fans que se acercaran a la plaza del Ayuntamiento a las 13:50. No es que hubiera gente. Es que estaban allí los 7.000 millones de seres humanos del planeta. Y el que no pudo venir, mandó un representante. Me consta.
Recuerdo haber conseguido dejar el coche de canto en un terraplén con vistas al precipicio. Era una parcela monísima de 24 centímetros cuadrados pero el agarre de mis neumáticos –de mi coche, que yo no estoy recauchutada todavía- era magnífico. Se quedó ahí enganchadito al aire y no se movió hasta que nos fuimos.
Después bajamos a la playa. No recuerdo haberme llenado de arena. Quizás fue porque no conseguí pisarla. Creo que mis pies fueron como estrella de rock en pleno concierto: “navegando” sobre el público llevada por sus manos. En este caso, por sus pies.
Entonces fue cuando entendí por qué meten los pies en el agua. ¡Es para aliviar los callitos y juanetes tan maltratados por los pisotones! No es un ritual mágico. Es supervivencia.
A todo esto cuando llegamos a la orilla, había cola para entrar y una barrera coralina compuesta por todo tipo de flores marchitas, sedas vaporosas llenas de algas y especímenes enajenados convocando a la madre luna. Desde entonces, me arriesgo a tener mal fario. Duele menos que un juanete.