La demostración más clara del fracaso del sistema en el que vivimos la ofrecen esos pueblos que han tenido que recurrir a los propios vecinos para encargarse de limpiar las aceras o podar los setos.
Es un ejemplo de que se ha abusado de la representación en la que se basa nuestra democracia: les otorgamos capacidad de gestionar nuestros recursos y se aprovecharon; les encargamos que organizaran nuestros servicios y nos han dejado sin ellos. Nos fiamos y nos han traicionado.
En los pueblos de la autogestión, dan ganas de negarse bajo el argumento de que ya se paga por el servicio. Sin embargo, la razón que les mueve a trabajar por algo que ya están financiando es el resultado: tener el pueblo en condiciones; hacer de él un lugar habitable, en definitiva, el bien común. Es el sentido de la responsabilidad que debería ser el motor de la acción ciudadana.
Esos ejemplos de vecinos responsables demuestran que si esa hubiera sido la actitud siempre, no hubiéramos llegado adonde hemos llegado.
El problema -y de ahí el fracaso al que asistimos- es que la responsabilidad ha faltado, sobre todo, entre nuestros dirigentes.
Si un vecino que debe barrer una plaza se lleva la escoba a su casa, impide que los otros puedan usarla y que el pueblo esté limpio. Si lo hace, además, se lo reprocharán sus conciudadanos y exigirán que la devuelva.
Nuestros dirigentes se han llevado las escobas y ni siquiera ha sido para limpiar su casa sino para venderlas y revenderlas hasta enriquecerse, en el peor de los casos, o simplemente, para comprar escobas nuevas cuando estaban en perfecto estado y favorecer, así, a los amigos que las vendían, en el más benevolente.
Lo malo es que ni siquiera muestran signos de arrepentimiento y globalizan la culpa para no asumirla. La representación, pues, ha fallado. O aparece una nueva generación de políticos o tendremos que pensar en barrer nuestra propia acera sin ellos.