Hace años, cuando Benedicto XVI aún no era Papa, se celebró en Alemania un magnífico debate entre el entonces cardenal Ratzinger y el filósofo Jünger Habermas. Era el encuentro de dos cabezas portentosas que conocen a fondo la filosofía de nuestro tiempo.
Ayer, aquí en España, se intentó reproducir aquello a nuestra escala. Digo a nuestra escala no solo por la evidente distancia intelectual de los participantes con sus antecesores sino también por el enfoque y los temas de preocupación.
Los invitados eran el cardenal Cañizares y Rodríguez Zapatero. Ninguno es filósofo ni dedica su tiempo al estudio y la reflexión. Cañizares es teólogo y Zapatero, expresidente, un punto de partida muy distinto al alemán.
Eso se vio también en el enfoque. En el debate de Baviera, el núcleo era el propio de una sociedad avanzada. Allí se habló de los fundamentos de la democracia; de las bases de la regulación social y de las fuentes de las que emanan los argumentos que le sirven de referencia.
En el celebrado en Ávila, ayer, la discusión se centró demasiado en la relación entre la Iglesia y el poder y en la presencia del factor religioso en la vida política.
El giro es notable. Una cosa es reflexionar acerca de cuál debe ser la pauta que regule la convivencia y, sobre todo, con qué justificación tomar esa pauta y no una distinta y otra, aplicarlo a una realidad conflictiva reciente. Una cosa es buscar puntos de acuerdo y otra cruzar dos monólogos.
En el caso alemán se buscaban parámetros útiles para toda sociedad contemporánea; en el español, nos mirábamos de nuevo el ombligo con reproches mutuos que, si bien no estaban en boca de los protagonistas, sí en un público bronco y faltón, dedicado a silbar y a abuchear a Zapatero.
Es un abismo. Triste abismo. Parece que seamos incapaces de elevarnos por encima de nuestras contiendas. Quizás es lo propio del debate entre políticos y no entre pensadores.