Nos habíamos acostumbrado a lo bueno. Hacía años que disfrutábamos del lujo sin darnos cuenta. Y, de pronto, de la noche a la mañana, hemos vuelto a la pobreza. No hablo de bancos ni de primas de riesgo. Hablo de la naturaleza. De bosques. De montes. Los nuestros. Los que se nos quemaron ayer.
Durante años sufrimos el azote del fuego en la Comunidad Valenciana. Todos los veranos era un horror ver arder parajes preciosos y volver a pasar un domingo por tierras calcinadas donde antes había vida y esperanza. Miles y miles de hectáreas. Y, así, año tras año.
Con tesón, con inversiones y con mayor concienciación y esfuerzo de todos, fuimos viendo cómo se vencía en la lucha contra el enemigo que todo lo arrasa.
En los últimos años presumíamos de que aquella batalla empezaba a dar sus frutos y el incendio era escaso, rápidamente controlado y de consecuencias menores. Nos acostumbramos a vivir así, sabiendo que nuestros bosques y toda su diversidad estaban a salvo del drama experimentado durante décadas.
Hoy ya no tenemos certeza. ¿Acaso hemos invertido menos? Recortar en esto podría llevarnos a una hipoteca imposible de pagar. No hay peor desahucio que destruir el entorno natural. No hay FROB que lo financie ni Merkel que lo sostenga. Y es más grave aún porque es lo único que nos viene dado con toda su riqueza. No lo hemos creado nosotros. Solo lo tenemos en depósito. Solo el conservarlo es mérito nuestro.
Por eso lo sucedido ayer en Cortes de Pallás, Macastre, Dos Aguas, Yátova y Real de Monstroi es un tragedia peor que la crisis que padecemos. Nos quejamos de que vivíamos creyéndonos ricos cuando no lo éramos y el drama es que en términos medioambientales sí lo éramos. Es el único lujo del que podemos presumir sin avergonzarnos porque no necesitamos quitarle a nadie para tenerlo, porque no hay desigualdad ni vivimos a costa de otros. Es el único tesoro que nos pertenece a todos.