Todos los que hemos asistido a despidos injustos sabemos cómo acaba el “juego de las sillas”. Mal. Me refiero a ese momento en el que solo hay una silla para dos y no siempre el más rápido es el que más la merece. Simplemente ha tenido la habilidad de saber sentarse.
Ese arte va unido, muchas veces, a tretas, engaños y zancadillas para evitar que el contrario ocupe su sitio. Es lo peor que tiene cualquier recorte de personal o cualquier ampliación artificial de una plantilla con objeto de colocar a los enchufados y apartar a los legítimos.
Eso es lo que está a punto de pasar en RTVV. Muchos de sus trabajadores lo dicen abiertamente: se quedará fulano, que llegó hace media hora; dejarán a mengano, que es primo segundo por parte de cuñada del jefe; ya verás cómo a zutano ni lo tocan aunque sea un inútil que llegó por ser vos quien sois.
Y lo dice gente que lleva 20 años, que no ha hecho más que cumplir y tragar quina, que sabe lo que es hacer buenos programas, dar una información precisa, jugarse el tipo bajo lluvias torrenciales o conducir una tertulia dinámica sobre la actualidad. En una palabra, buenos profesionales capaces de hacer de RTVV un servicio público.
Por eso cuando supe de algunos criterios que se aplicarán en el ERE, como las quejas de compañeros o las habilidades sociales, me ha dado mucho miedo. Entiendo que el objetivo es loable: si alguien no sabe trabajar en equipo, mal servicio va a hacer en cualquier empresa pero más aún en un medio de comunicación.
Sin embargo, mal manejado puede ser un factor de subjetividad –y, por tanto, de injusticia- que es lo peor en los despidos. En estas situaciones deben primar criterios objetivables que, aun con todas sus limitaciones, dan mayor seguridad al trabajador. Lo importante, en cualquier caso, es que haya claridad y se corten ya los rumores sobre si tener hijos o ser familia monoparental va a ser o no un salvavidas.