Yo no sé qué virtudes encuentran a meter una tienda en un cubículo. Lo hicieron en el Mercado de Colón y lo han vuelto a hacer ahora en la Plaza Redonda. Personalmente me produce asfixia y sensación de provisionalidad.
Debe de ser que soy demasiado clásica y he conocido el mercado como era cuando vendían verdura y olía a pescado, o la plaza cuando los toldos no dejaban que entrara el sol. Destaco ambos aspectos, negativos y molestos, porque, en eso, han ganado ambos, tanto el mercado como la plaza. El mal olor es difícil de evitar cuando se venden productos frescos que son perecederos. La falta de luz es un problema en una plaza metida entre las casas.
Sin embargo, las nuevas estructuras han acabado con ello: el mercado huele a café, horchata o colonia infantil y la plaza tiene una luz que merece la pena conservar.
Ahora bien, para quienes tenemos en la retina la imagen tradicional de los puestos, ver un cubo en medio de un espacio vacío es inquietante y parece improvisado y por terminar.
De hecho, ayer, cuando intenté fotografiar la plaza, no conseguía encontrar un encuadre que me gustara porque esos cubos “se metían” en mi foto. Como digo, debe de ser defecto personal que busca la plaza de antes, pero remozada, y no la ve. Es como en el mercado de Colón: busco mentalmente los puestos de antaño y, salvo las esquinas con las tiendas de flores, no consigo que me lo parezcan.
Creo que me da pereza cambiar la imagen o que llevo asociada a ella mi infancia en blanco y negro y me conformo con verla limpia y en color.
Lo peor de esos cubículos, no obstante, no es que rompan con mi recuerdo sino que no me invitan a entrar. Al menos, a mí. Tengo la impresión de hacerlo en un ascensor o en una caseta de tickets, puesta para la ocasión pero desmontable.
Si no fuera por eso, creo que la plaza gana luminosidad, limpieza y, sobre todo, espacio. Lástima que todavía no sepa para qué.