He llegado a un punto curioso y paradójico: no me creo nada y me lo creo todo. Parece imposible, pero tiene todo el sentido. No creo a los que dicen que es mentira pero tampoco a los que dicen que es verdad. ¿Por qué? Porque todo me parece posible, que hayan trincado a capazos pero también que alguien tenga interés en presentarlo así. En el fondo, todo es cuestión de intereses, que diría Benavente.
Sin embargo, no me preocupa mi fe o mi increencia en los relatos de unos y otros, sino que sea cierto -siquiera un poco-, que eso desnorte al gobierno y, sobre todo, que le haga ocuparse más de sus propios problemas que de los que tenemos los ciudadanos.
Por eso lo que le toca a Rajoy es un striptease. No me refiero a que se nos vuelvan nudistas en el Consejo de Ministros pues eso convertiría en hipertensos a todos los periodistas que cada viernes cubren la comparecencia de Soraya. Quiero decir que es hora de desnudarse, de despojarse de todo y quedarse en cueros ante la opinión pública. Ahora o nunca. (Sospecho que cuando se dice eso, acaba siendo “nunca”).
Hoy Rajoy debe reconocer lo que exista, lo que ya haya salido y lo que esté por salir, sin confiar en que pueda ocultarse más. Debe destituir a quien tenga la más mínima sospecha sobre sí (temo que deba recurrir a los pokemon para formar gobierno) y sacar la guadaña para eliminar toda impureza.
De otro modo, ya puede dar por finiquitada la legislatura por mucho que tenga éxito en sus cifras macroeconómicas. Sobre él penderá durante todo el año -y el próximo- el sambenito de un fango que desviará la atención de lo demás. Y eso va también para la oposición. Si me preocupa que el gobierno se dedique a limpiar o a tapar la porquería, también me inquieta que, mordida la presa, el PSOE, IU y el resto no cejen en su empeño de derribar al gobierno. Es legítimo que lo hagan pero después de cumplir con las prioridades ciudadanas.